Si algo te molesta
del mundo, es porque no lo has podido aceptar. Y no lo has podido aceptar
porque no lo has comprendido. Cuando comprendas la irrealidad del mundo, lo
aceptarás.
Los sabios ven el
mundo igual que nosotros; la única diferencia es que ellos ya no se dejan
engañar por las ilusiones. Saben que no hay nada real aquí.
"No le des
realidad", "No lo hagas real", les decía Sathya Sai Baba a sus discípulos cuando
venían a lamentarse con Él por alguna desgracia. También, cuando alguien le
preguntaba su opinión acerca de dicha tragedia, el Maestro contestaba: "Muy
Feliz", "Muy Feliz". Tras el desconcierto inicial, emergía
la Verdad: lo que para el ego es un drama, para la Consciencia es solo un
movimiento neutro dentro de Sí misma. Una ilusión más dentro del sueño que
la Consciencia proyecta; una sombra que se disolverá en la nada porque nunca
existió realmente, igual que cada mañana, al abrir los ojos, se disuelven las
ensoñaciones de la noche previa.
El tema central,
la columna vertebral de las 1,376 páginas de Un curso de milagros, es la
práctica del Perdón. Y el Perdón del que nos habla el Curso no es otra
cosa que tomar consciencia de que lo que sucede son solo ilusiones y no la
realidad. Así, el Perdón es deshacer las ilusiones; desvanecerlas en
nuestro entendimiento como el espejismo que son.
Solo lo que es
permanente y no cambia puede considerarse Real. En el mundo fenoménico, todo
aparece en un momento para desaparecer en otro; por eso, todo lo que sucede son
espejismos a los ojos de la Eternidad.
El objetivo es
deshacer la falsa creencia de existir como un ser separado de nuestra fuente.
La lección 326 del Curso dice: "He de ser por siempre un efecto de
Dios. Padre, fui creado en Tu Mente como un Pensamiento santo que nunca
abandonó su hogar". Sigo siendo tal como Dios me creó; el Efecto y la
Causa son indistinguibles.
En Advaita se
sentencia: "Tat Tvam Asi" (Tú eres Eso). La ilusión de existir
como un personaje limitado, carente y mortal debe desaparecer. La
identificación con el Ser Supremo debe florecer.
Solo cuando
comprendemos que el problema no es real, sino "temporal y transitoriamente
aparente", podemos aceptarlo de verdad. La aceptación no implica inacción;
se trata de desvincularnos internamente de la situación. Significa que, aunque
el cuerpo actúe, nuestro ser interior permanece sereno. Estamos en paz incluso
en medio de la tormenta. La verdadera aceptación nos libera del sufrimiento y
nos permite enfrentar los desafíos desde la claridad absoluta. En esta paz,
encontramos la verdadera libertad.
No importa lo que
ocurra en el escenario del mundo; lo único vital es no creértelo. Nada de lo
que percibes bajo el yugo del tiempo existe en la Eternidad. Tu verdadera
morada está más allá de la propia Consciencia, en lo increado e
incognoscible: ese manantial vacío que es, en sí mismo, potencialidad pura.
Que la dichosa paz
de sentirte unido al Infinito sin forma no se pierda por nada que acontezca en
el mundo finito de la forma.
— Gurumau —

No hay comentarios.:
Publicar un comentario